Entrevista a Ramón Altamirano: "Es un regalo poder hacer música y, al mismo tiempo, compartir ese regalo con cariño al público".
Actualizado: 8 ago
Por Magdalena Cueto

Ramón Altamirano Farrugia, nació en la Quinta Región en el año 1994, es director de la Orquesta Sinfónica Regional de Valparaíso de la FOJI (Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles de Chile), director y fundador de la Orquesta de Cámara Fiamma y violonchelista de la Universidad de Chile, donde se tituló en Interpretación Musical con mención en Violoncello. Su camino en la música comenzó de forma autodidacta a los 9 años con la guitarra, pero fue el violonchelo, descubierto a los 12, el instrumento que transformó su vida y lo llevó a recorrer escenarios en países como Marruecos, España, Alemania, México y Colombia.
Además de su faceta como intérprete y docente, Ramón destaca por su labor en la gestión cultural y la creación de espacios para músicos jóvenes, mérito por el cual fue reconocido como "Joven Líder" por la Fundación P!ensa. Su visión artística se centra en la mediación y en acercar la música a la comunidad, promoviendo una formación donde la técnica esté siempre al servicio de la emoción y donde el disfrute del proceso sea tan importante como la excelencia técnica.
¿Cómo fueron tus primeros acercamientos a la música y cómo llegaste al chelo?
Yo partí tocando guitarra a los 9 años, de forma autodidacta. Desde chico siempre quise aprender a tocar guitarra. Además, como estaba aprendiendo solo y no sabía qué tocar, empecé a componer mis primeras canciones. Entonces, aprender guitarra estuvo muy ligado también a descubrir un poco la composición y esa parte más creativa.
Después, aproximadamente a los 12 años, en el colegio había una orquesta. Y ahí me dijeron: “Oye, se liberó un cupo de chelo, ¿te gustaría aprender a tocar?”. Y yo: “Ya, démosle”. A mí siempre me gustó la música clásica, pero no había tenido la posibilidad de acercarme a un chelo. Me acuerdo de que en esa época me hubiera gustado aprender a tocar violín; tenía un poco esa idea en mente. Pero llegó el chelo y, en ese momento, tampoco pensé que iba a cambiarme la vida o que terminaría dedicándome a esto.
¿De dónde nació tu gusto por la música clásica?
Mi abuelito, por parte de mamá, siempre escuchó música clásica, toda su vida. De hecho, tenía un piano en su casa y todas las mañanas escuchaba música a la hora de almuerzo y también a la hora de la cena. Y mi mamá también adquirió ese gusto musical.
Entonces, en mi casa siempre se escuchó mucha música clásica. Para mí siempre fue algo muy familiar y, como además fui muy cercano a mi abuelito, muchas veces conversábamos sobre compositores. Cuando era pequeño, no sé, jugábamos un poco a adivinar de quién era la sinfonía, cosas así. Eso también influyó en que, cuando tuve la posibilidad de aprender a tocar chelo, se diera de una forma natural.
¿Cuáles son tus compositores favoritos? ¿Cuáles te gusta escuchar, pero también cuáles, separando la obra del artista, te inspiran por su vida?
En cuanto a su vida, yo creo que me inspira mucho Bach, en el sentido de cómo aprendía música. Por ejemplo, cómo se quedaba hasta tarde copiando o analizando los conciertos de Vivaldi, transcribiéndolos y haciendo sus propias adaptaciones. En cuanto a la obra, hay
compositores que me inspiran muchísimo, como Brahms y sus sinfonías.
Y, ya pensando en compositores más modernos o en música de película, encuentro muy interesante a Ennio Morricone, y Hans Zimmer me parece genial por lo que hace.

¿Tienes algún modelo a seguir que te haya inspirado en el camino?
Yo creo que me gusta absorber un poco de todo. Quizás no tengo un referente específico, porque siento que cada uno tiene su propio camino. Pero hubo algo que me marcó mucho una vez, un documental que se llama The Music of Strangers: Yo-Yo Ma and the Silk Road Ensemble, que muestra a un músico que va viajando y haciendo música por distintos lugares del mundo. Al final decía una frase muy bonita: que más que considerarse un chelista, se veía a sí mismo como una persona que recorre el mundo junto a su amigo, el chelo, haciendo amigos y aprendiendo de gente de distintos estilos musicales.
Esa frase me marcó mucho porque calza con mi forma de ser: aprender de todos, estar siempre curioso frente a la vida. Siento que en la música no existe una verdad absoluta. De todos se puede aprender; incluso haciendo clases uno aprende muchísimo de sus alumnos.
Yo siempre trato de inspirarme de todo y de ir haciendo amigos en el camino. Al final, antes de ser artistas, también somos personas, y podemos dejar una huella a través del arte que hacemos. Y eso es muy importante tenerlo presente, especialmente en una carrera como esta, donde hay tanto ego y competitividad. A veces eso puede ser bastante agotador. Yo creo que es importante cambiar un poco ese chip e inculcarlo también a las nuevas generaciones. Cuando uno hace clases, tiene una responsabilidad respecto de cómo va a ser la generación del futuro.
Hablando de eso, como profesor de violonchelo, ¿con personas de qué edades trabajas y cómo ha sido para ti la experiencia de enseñar?
En Limache, creo que la más pequeña tiene 8 años y la mayor, 32, así que el espectro de edades es muy amplio. Pero eso es justamente lo entretenido, porque uno tiene que adaptarse a las distintas etapas de aprendizaje.
También me pasaba en Madrid, donde hacía clases de preinstrumental a niños muy pequeños, de entre tres y cinco años. Ahí uno les da sus primeros acercamientos a la música: que aprendan los ritmos, un poco de audiación y que vayan reconociendo ciertas cosas. En esa etapa todo es muy lúdico. Después, el mismo día, hacía clases a alumnos de hasta 18 años. Fue una experiencia muy bonita esa, en la que aprendí mucho.
Además de la música clásica, ¿qué otros géneros te gustan?
Siempre he sido muy roquero; partí con la guitarra porque siempre me llamó la atención la guitarra eléctrica. Siempre me gustó mucho Metallica. De hecho, algo que me marcó fue cuando en la orquesta del colegio tocamos Nothing Else Matters con un taller instrumental que había, entonces fue como la versión sinfónica, y eso me inspiró mucho en esa época.
Además, me gusta el rock progresivo, o guitarristas más solistas como Steve Vai o Jason Becker, y también Gustavo Cerati. Bandas de acá también como Los Bunkers.
¿A qué edad te volviste director de orquesta y cómo fue que llegaste a eso?
Siempre quise dirigir. Me gustaba mucho eso de "desarmar" todo y volver a unir, como desarmar la música para ver sus capas. Eso de ir descifrando, ver lo que está detrás, va muy ligado a la dirección. También siempre me gustó esa mentalidad de en orquesta, hacer música de cámara a gran escala, que estén todos conectados, saber quién responde a quién, el poder liderar esa energía siempre me ha gustado.
Bueno, gracias a la FOJI que siempre hace cursos de dirección, ahí empecé a tomar diferentes cursos con diferentes maestros y, al principio, participaba como tocando en el quinteto que hacían para los cursos y, después, poco a poco, tuve la posibilidad de ser parte de los cursos. Después en Madrid, en 2023, se me dio la oportunidad de dirigir una orquesta de estudiantes, que ese fue como un trabajo más oficial.
Al volver a Chile, lo primero que hice fue formar la orquesta Fiamma por autogestión, porque me di cuenta que en Quinta Región había muchos chicos con ganas de tocar que no tenían espacio. El primer concierto fue el 6 de marzo de 2025.

¿Qué sientes al dirigir una orquesta?
Me gusta conectar con la energía y transmitirla al público, crear atmósferas y momentos íntimos o de mucha teatralidad.
De hecho, por ejemplo, cuando hicimos el primer concierto de Fiamma yo creo que lo que más me dejó contento fue que los mismos chicos me decían: "Oye, hace tiempo no lo pasaba tan bien tocando, me gustó la energía que nos transmitiste". Y eso fue como una gran inspiración para seguir y avanzar en esa línea.
Para mí la conexión con el público es algo muy importante, también muy ligado con la preocupación que siempre he tenido de crear audiencias, de la divulgación musical. Por eso en los conciertos me gusta mucho eso de la mediación que se hace, de poder explicar la obra, porque realmente ahí se genera algo totalmente distinto, no es como escuchar música por escuchar, porque tampoco el público no tiene por qué saber de qué trata la obra o muchas veces hay estrenos. Entonces creo que es importante acercar la música a la comunidad.
Haber formado la Orquesta Fiamma también ha sido un gran aprendizaje en muchos sentidos, porque uno está muy dedicado a tocar, pero aquí también empecé a aprender más sobre gestión; al final, uno termina haciendo un poco de todo. Siento que, de a poco, entre todos hemos ido construyendo un nuevo espacio en Valparaíso, y eso ha sido muy bonito. Además, he recibido reconocimientos que no esperaba. A raíz de este trabajo me postularon y gané el concurso Joven Líder de la Fundación P!ensa en la mención Cultura. Fue un reconocimiento muy significativo, porque a veces uno no dimensiona el impacto que puede estar generando hasta que alguien te lo hace ver.
¿Cómo te ves a ti mismo a futuro, en 10 o 30 años más?
Yo lo que he aprendido que la vida da muchas vueltas... Por un lado, soy una persona muy soñadora y siempre tengo ideas y proyectos en mente, pero también he ido aprendiendo a ser muy agradecido del día a día. Mi sueño es poder seguir dirigiendo, seguir creando proyectos, seguir generando instancias que generen más oportunidades, seguir tocando chelo... Siento que un director no debe nunca dejar de tocar... el contacto con el instrumento te genera una conexión especial con los músicos. Y también me gustaría retomar la composición que fue algo que lo hice mucho tiempo en mi adolescencia, pero quedó un poco en standby.
¿Un consejo para los jóvenes músicos?
Sean curiosos y apasionados. También es importante ser disciplinados en el estudio, pero sin olvidar disfrutar lo que uno hace ni perder de vista por qué hacemos música. Creo que eso es lo más importante, y a veces uno lo olvida. Obviamente, están la técnica, la disciplina y el estudio diario, pero siempre hay que recordar que la técnica está al servicio de la música.
Eso también ayuda a que, incluso cuando uno está haciendo escalas o estudios, pueda abordarlos desde una perspectiva musical. La música es un regalo: es un regalo poder hacer música y, al mismo tiempo, compartir ese regalo con cariño hacia el público. Mantener vivo ese espíritu es muy importante, porque también ayuda en los momentos difíciles, en la frustración cuando un pasaje no sale como uno quisiera.
También es importante recordar que esto es un proceso. Vivimos en un mundo donde la inmediatez está muy presente en nuestras vidas y queremos todo rápidamente. Por eso, creo que es fundamental volver un poco a la calma y entender que todo en la vida implica un proceso de aprendizaje. Disfrutar ese proceso, valorarlo y hacer las cosas con cariño, marca una diferencia.




