Reseña "Entre las letras: Un Satanás simbólico de poema"
- revistadigitalmyst
- 10 jul
- 2 min de lectura
Por: Antonia Pérez Morales
Editorial Oso de Agua

Leer Satanás es tener en mente el simbolismo desde la primera página, desde ese inicio con un “Yo existo” que, mientras avanzas, se va repitiendo como un eco en cada rincón del poema, en la furia de las imágenes, incluso en esa “lluviosa ciudad, negra, fea” que Pablo de Rokha retrata con crudeza. Ese “yo” no es solo el poeta, es también Satanás, y quizás cualquiera que se atreva a desafiar lo impuesto.
La experiencia de lectura es una sensación que te puede sacudir, se puede mostrar como un choque constante, como un río de palabras que mezcla lo sagrado con lo terrenal, lo divino con lo vulgar. El poema se construye como un manifiesto de rebeldía, donde Satanás aparece más como un símbolo de resistencia y libertad que como el demonio de la tradición cristiana a lo que se podría intuir al momento de querer leer por primera vez este libro.
En el fondo Satanás es un grito. Un grito contra Dios, un grito de rebeldía contra la desigualdad: “La bandera del cielo enlutada, amarrada a las astillas del mundo, el acordeón de la muerte sonando encima de la oscuridad amedrentar, ¡ah!, dominando el drama mugriento”. Y en ese grito está la fuerza de Pablo de Rokha, su estilo torrencial y desmesurado que no busca complacer, sino sacudir.
Lo interesante es que, a pesar de la violencia de su lenguaje en algunos momentos, hay algo profundamente vital en el poema. De Rokha no usa a Satanás solo para destruir, sino también para afirmar la existencia, para recordarnos que la vida está hecha de carne, deseo, contradicción y rabia. Ese exceso que a veces parece desbordar las páginas es justamente lo que lo hace tan humano.
También llama la atención la forma en que el poeta construye imágenes que parecen chocar unas con otras: Un instante puede estar lleno de referencias bíblicas, y al siguiente aparece la crudeza de la calle, del hambre, de la miseria. Esa mezcla de lo elevado y lo cotidiano rompe cualquier jerarquía, como si todo tuviera la misma importancia dentro de su universo poético.
Al cerrar el libro queda la sensación de haber asistido a una misa invertida, donde el sermón no llama a obedecer, sino a incendiarlo todo y reconstruirse desde las cenizas.




