Historia y Memoria a vuelo de pájaro: notas sobre Trile, de Paz Marcela
- revistadigitalmyst
- 24 jul
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Reseña por Fabián Donoso Sepúlveda
¿Qué es lo que anuncia el vuelo del ave? La pregunta, que inaugura este poemario, es la apertura a un tiempo circular: el de la estación (que da sentido al desplazamiento de las aves migratorias), el ciclo cósmico del día y la noche, el recorrido desde la vida a la muerte, la distancia entre la Memoria y la Historia (ambas con mayúscula), la percepción de la onomatopeya y la vibración, lo real y lo imaginario; en suma, un tiempo que vuelve sobre sí mismo. El tiempo del eterno retorno.
En Trile, la mirada del pájaro funciona como un espejo (diminuto y, en el sentido que le da Zygmunt Bauman, líquido) donde se abre una memoria expandida que, al igual que un cosmos, contiene la experiencia de una subjetividad, de un linaje y de un país, articuladas (dialécticamente) por la materia, el color, el sonido y los recuerdos: “Me hice reflejo diminuto en el vacío. / Fuimos aves enfrentadas.”
El vuelo del ave cifra un contraste entre el padecimiento de lo terrestre (ámbito donde se desarrolla lo humano) y la sacro de lo aéreo: “Un pájaro que era manto y no maldición”. Esta cosmología, desplegada por Paz Marcela en su poemario, contiene diversos niveles: dentro de lo terrenal, podemos encontrar la precariedad de lo familiar (con la decadencia del cuerpo enfermo de una mujer que está en el crepúsculo de una vida situada en un contexto reconocible), lo ominoso de lo social, representado por un país (el horroroso Chile, como diría Enrique Lihn) cuyas coordenadas sociopolíticas e históricas son el telón de fondo de lo que Diego Portales llamó “el peso de la noche” (el cual, vaya que se siente a través del poemario) y desde las alturas, la presencia del Trile.
Escuchemos los versos de la poeta: Se dice que de ti / nació el nombre de este punto geográfico. / –la / des/conocida / faja larga / y / angosta de tierra / que / nos / soporta–
Esta es la cartografía del libro: el paisaje que nace de la tensión entre lo real (representado por el campo terrestre y sus procesos micro y macro históricos) y lo onírico (reflejado por la dimensión aérea, donde los significados pierden su sentido racional para cristalizarse percepciones y destellos sensitivos). Es por esto que los versos configuran una dialéctica que deviene una experiencia situada en un territorio (subjetivo, social y político) impreciso, desbordado, expansivo, marcado por flujos y reflujos, corrientes, intensidades, superficies y velocidades; trayectorias que son vectores y pliegues: ¿es acaso la arquitectura enmarañada del nido, la metáfora basal del lugar donde se encuentra el vuelo poético del trile y la potencia de Trile?
Al respecto, Paz Marcela escribe: Volverme blanda quisiera / y mi materia / no se disuelve. / Aunque me eche en la cama y abra extremidades dedos / los pies / sigo siendo imán a la tierra. / No tengo otro deseo / que / pertenecer / a tierras con nombre de ave negra.
Estos versos también nos permiten adentrarnos en otra clave interpretativa que sostiene al poemario: la poética de la materia y sus estados. Lo blando, lo líquido y lo etéreo desarticulan lo concreto de lo real para situar los versos en la viscosidad del inconsciente. Esta "poética de la materia" integra lo mineral terrestre y lo cósmico, lo orgánico vegetal y lo simbólico animal. Son superficies que se desplazan vertiginosamente entre la velocidad del vuelo y la quietud del recuerdo. “Vivía con una aceleración constante... Olía el azúcar en sangre desde ahí.”
Acá, es importante recordar una pregunta que nos hace la autora: ¿Cómo se puede ser una misma sin tener sangre propia? A través de sus versos, ella responde señalando que la sangre es el síntoma de la enfermedad que da inicio a esa memoria del linaje. Es también la constatación de ese vínculo familiar.
Por otra parte, es de igual modo el vehículo transgeneracional que conecta el presente de la voz poética que recuerda y el pasado de la experiencia recordada. Además, es la superación de la otredad del cuerpo humano y del ave, porque en ambos fluye el torrente sanguíneo, siendo uno y lo mismo. Y, por último, es la herida de un país que alimenta el trauma individual y colectivo. El poemario ilustra este punto con los siguientes versos: El mismo olor de sus venas / el olor de mi propio torrente / en esa época se me empezaron a caer los dientes / se me caían también los dedos / poros / y las lágrimas / conocí el sabor del granate / me lo supe de memoria / él también / lo traía en el hocico a diario / llegaba con la jeta adornada de flores emplumadas.
La apelación a la materia en Trile, evidencia que el lenguaje humano se enfrenta a un límite infranqueable. Hay una renuncia a nombrar, una renuncia a decir, pues el lenguaje no alcanza a nombrar esa "noche"; que es, a la vez, herida, esperanza y utopía.
Lo onírico converge con lo ominoso, con aquello que no tiene palabras. Surge entonces la duda: ¿será que el lenguaje humano no es el único? El sentido no es monopolio de la Lengua, sino que se encuentra también en la materialidad de lo orgánico, lo etéreo y lo terrestre. El lenguaje (y su manifestación concreta, el habla) es, en el plano humano, una imagen pálida del mundo. Es por esto que la poeta nos obliga a escuchar el silencio: “Traga todo el aire / respira hacia adentro / chhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh... se ensordece el silencio tragando hacia adentro / severa muerte fonética / velada / del lenguaje.”
Finalmente, el poemario posiciona a la voz poética en un vértice complejo. El linaje y la genealogía familiar ponen la mirada hacia atrás; el vuelo del trile, hacia arriba. Es un ángulo de noventa grados donde la hablante lírica, que observa en la medida que es observada por el ave, intenta constatar sus zonas mudas: “Soy un árbol que sueña con pájaros. Soy un país de mierda (...) Tengo miles de ojos y ninguna boca, soy un panóptico, un simple observador. He visto cómo se nombran las atrocidades y no puedo detenerlo.”
Para cerrar estas notas, quiero invitar a todos y todas a que lean Trile. Es un poemario que ocupa diversos recursos: líricos, visuales y sonoros. En él, se puede evidenciar que está constituido por versos que fueron macerados lentamente, a través de los años, desde su génesis (un sueño) hasta el momento de su publicación. Y esto se nota, por la precisión de las imágenes y del lenguaje empleado.
Sin lugar a dudas, estamos ante un texto que nos anuncia una ópera prima donde su autora, Paz Marcela, hace un uso soberano de sus recursos. Conmueve, impacta y nos hace reflexionar desde la belleza y el dolor; desde el movimiento y la calma, como la que mostraban esas bandadas que, según recuerdo en mi niñez, surcaban como enormes enjambres los cielos en primavera y en otoño; cuyo ir y venir, lamentablemente, ha sido erradicado por el aceleracionismo y el extractivismo. En mi caso, como soy un nostálgico, mientras esté en la dulce espera del retorno de esas aves, para recordarme ese tiempo cíclico del cual todos y todas somos parte, tendré a la mano mi ejemplar de Trile. Ojalá que ustedes, lectores y lectoras de poesía, puedan hacerlo también.

