Reseña: Incendio, un poemario de Magdalena Cueto
- revistadigitalmyst
- 3 may
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Actualizado: 24 jul

Reseña y análisis de Rocío Casas Bulnes, poeta, académica y mística chilena:
El dolor del corazón se siente en el corazón. Esto le dice un médico a la persona que llega asustada por dolores punzantes en el lado izquierdo del pecho. Y continúa, el médico, así. Es común que lleguen al hospital por situaciones de desamor, creyendo que la afección es física, porque ciertamente lo es y en ello efectivamente puede derivar si no se hace algo. Este relato basado en hechos reales se repite en las listas acumuladas de casos sin resolver por cardiología y urgencias. La voz del médico, honesta y liberadora, es pronunciada con calma desde una sonrisa triste que parece entender. Qué deseable sería que todos los profesionales de la salud, suspendiendo sus propias ganancias, ostenten este grado mínimo de ética profesional.
“Solo leo poetas suicidas:
Plath,
Pizarnik,
Sexton,
Safo.
¿Será una fúnebre predicción?”
Versos Póstumos, página 32.
La imagen del corazón en llamas, ahorcado en espinas, muy probablemente remita al lector a su memoria visual de Cristo ya que, si bien no occidentales, en esto que llamamos Sudamérica somos occidentalizados. Infierno nace ahora en estos territorios, donde hay una historia sudamericana que se ha inscrito en el imaginario mental, visual y literario como el cuerpo de una mujer invadido, herido, saqueado y colonizado por el arquetipo masculino quien trae la palabra, el nuevo idioma que pasará, en una manipulación simbólica, a ser llamado irónicamente nuestra lengua materna. Hay dolor y placer en ello.
La voz poética le habla a su amante. El amante es el lector.
“Adán no muerde –desgarra-
come la carne:
el verbo es herida.
La creación gime en el hueco de mi vientre,
una génesis inversa,
manchada de placer”.
Evangelio del Cuerpo, página 11.
El libro busca constantemente iluminar y encender, desde la rendición emocional a sí mismo, las zonas del bajo vientre que son las que contienen los impulsos de nuestro instinto animal, como son los bastos del Tarot, símbolo de nuestro centro sexual y creativo que representa el fuego. Cada ser humano, producto de dolores del corazón, atraviesa en su vida experiencias de muerte y alquimia, ya que de la total fundición y transmutación emergerá una materia nueva y rica cual oro. Incendio lo describe, y el efecto apelativo es inmediato; además, el lenguaje se sucede fluido y luminoso.
"Ansío la blancura terrible del silencio,
un reino donde mi nombre se sostenga
sin la muleta del amor,
sin el látigo del sexo.
Quiero existir intacta,
ser un astro que arde
en su propio aire,
lejos del hambre de otros".
Limerencia, página 67.
El Sagrado Corazón de la imaginería cristiana, ese amor divino e infinito de Jesús por la humanidad, no aparece curiosamente en los textos bíblicos. Sí se asocia a pasajes que describen el fuego como la presencia del espíritu santo y la intensidad del sentimiento devoto. El corazón en llamas acompaña a la inmaculada concepción de María, su amor
ardiente por dios y por sus hijos espirituales. San Agustín a menudo es representado en pinturas sosteniendo un corazón en llamas, símbolo sobre su idea del corazón inquieto que solo descansa en Dios, mas no es esa la cita: “La palabra de dios hiere el corazón para abrirlo al amor espiritual”, dice precisamente. Por otro lado, Hebreo 12:29 describe a dios como un “fuego consumidor que habita en el creyente”. Y el Cantar de los Cantares 8:6 dice que el amor es “fuerte como la muerte” y sus llamas son “llamas de fuego”.
"Eras cóctel de muerte,
y yo bebí de ti
con las manos en la espalda,
hasta volverme reliquia
de tu carne.
Escribía tu nombre
en las paredes del insomnio,
una y otra vez,
maníaca religiosa".
De amor y otras drogas, página 35.
Luz ardiente, dijo Hildegard von Bingen, describiendo su despertar profético. Utilizó este simbolismo para explicar conceptos como el Espíritu Santo a quien llama “fuego reconfortante”, una fuerza que limpia el alma, da vida a la creación y une a los enemigos. Vio el cosmos como un “huevo ardiente”. El calor del fuego divino es para ella lo que permite la fuerza o frescura vital en los seres vivos. En sus escritos describe visiones de un “fuego brillante” que trae luz y un “fuego oscuro” de horror y tormenta, representando la lucha entre el bien y el mal.
“Si abres tu templo,
si tus labios se deshacen en susurros,
si te entregas al misterio,
podemos perdernos en otro tiempo,
en la selva oscura,
entre raíces que callan lo que somos,
en la soledad donde germinan los secretos
-donde tú quieras-”
Musa Secreta, página 56.
El fuego es tradicionalmente un elemento masculino, el corazón es un símbolo que remite al centro emocional y, por lo tanto, simbólicamente al agua. Fuego y corazón aquí consiguen mostrar cómo se produce una particular colisión de ambas energías. Como un camino arduo hacia la iluminación simbólica, al igual que en distintas tradiciones, aquí el espíritu está encendido por la fe o el conocimiento.
En la cultura nahua prehispánica, el corazón y el fuego tienen profundos significados. Yóllotl, corazón, es esencia y centro del impulso vital: el don más valioso para los dioses. El corazón alimentaba al Sol, para que este pudiera seguir brillando y dando vida. El símbolo del fuego, Xiuhtecuhtli, simboliza purificación y energía cósmica. El dios del fuego, Huehuetéotl, es el abuelo sabio y se le puede reconocer porque es representado en la cerámica antigua sonriente, con arrugas y un sahumador a sus espaldas invitando a encenderlo. Con la evangelización española comienzan los sincretismos que dan lugar a los milagritos de hojalata mexicanos contemporáneos. Es, además, uno de los símbolos más representados de la era virreinal. Durante el período colonial de América Latina se consolidó como un eje central de la evangelización e identidad religiosa. Porque el corazón no es un órgano físico sin profundas pulsiones ocultas, intuitivas, simbólicas, místicas, cuestiones que del todo se le deben escapar a la ciencia.
El juicio final egipcio es nada menos que el corazón siendo pesado en una balanza que contiene del otro lado una pluma. Si el corazón pesa más que la pluma quiere decir que el espíritu de esa persona no se comportó de forma benéfica en vida y será devorado por un monstruo, sin embargo, si fue benéfico su corazón será más ligero que la pluma y entonces podrá trascender, hacerse divino. Mas esa persona tendrá los textos recogidos luego en el Libro de los Muertos y son listas de conjuros para ayudarse con las palabras a purificar el corazón.
En Incendio, el corazón en llamas se aligera. Hacemos fuegos para ritos y comunicaciones con los dioses desde tiempos ancestrales. Es una entidad canalizadora y transcultural siempre ascendente, llevando mensajes de la tierra a los cielos y viceversa, permitiéndonos ser vistos por los astros que vemos brillar lejos. Desmaterializando su alimento y volándolo en cenizas, todo el pasado atrás, ahora solo presencia. Soltando vapores y humos que adquieren vida propia y también se aprenden a leer. Nos reunimos en torno al fuego a cantar, contarnos historias y transitar la noche oscura del alma.
Los libros importan. A pleno 2026, Incendio es un portal invitándonos a entrar voluntariamente en la hoguera “Mi corazón arde cuando escribo, ese incendio es mío” (El fuego es mío, página 10).




