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"La Venganza": por Magdalena Cueto

La venganza


El amor es una de las zonas más difíciles de comprender. No por su misterio, sino por su fragilidad. Para quienes somos artistas, para quienes miramos con exceso, el amor se vuelve una habitación sin paredes: todo entra, nada se queda. A veces pienso que sentir así es una forma de enfermedad leve o celebrada incluso cuando produce versos.


¿Cómo saber cuándo alguien te ama y cuándo solo se deslumbra? ¿Cuándo el otro ve a mi persona o cuándo solo contempla un reflejo útil: mi belleza, la juventud, la inteligencia como ornamento?


Fui deseada muchas veces. Fui admirada. Eso lo sé. Pero el deseo no tiene memoria, y la admiración suele ser una forma educada de la distancia. Con el tiempo comprendí que el deslumbramiento es una emoción breve, incapaz de sostener a nadie.


Los hombres artistas que he conocido —pintores, poetas— aman con rapidez sicótica, ridícula. Se enamoran como quien se distrae: una mujer tras otra, tras otra, tras otra. Cada una definitiva mientras dura. Juran eternidades que no resisten el paso de un mes. Quizás, en ese instante, sí sienten algo verdadero. Pero lo verdadero, cuando no tiene raíz, se vuelve intercambiable.


Hay una rabia silenciosa que no siempre se nombra. Odio a aquel que no recuerda, al que me engañó sin levantar la voz, al que acumula cuerpos como pruebas de su propia existencia. No me avergüenza ese odio. No me avergüenza pensar en la venganza. La venganza, a veces, no es un acto físico: "es una conciencia despierta". Es no volver a creer. Es nunca volver a respetar a quien te hiere.


Yo solo amé una vez, no a aquel que vino después. Pero sí sé que siempre quise un amor real con una intensidad casi indecente. Nunca mentí sobre lo que pensaba ni sobre lo que esperaba. La mentira fue ajena, y hay mentiras que no son solo morales, sino ontológicas: niegan que el otro exista más allá del deseo.


¿Y qué se puede esperar de los adictos? De quienes confunden amar a una mujer con consumir, intimidad con novedad, vínculo con huida. Nada que permanezca. Nada que recuerde. Nada que sostenga. Desear venganza, en silencio, sin nunca repetir el nombre, es mi salvación.


Venganza. Venganza. Venganza: Mi dulce éxtasis, mi tóxico placer, mi salvación enferma.


"Fui,

soy

y seré

siempre

una Poeta".


Poema de la escritora Magdalena Cueto. (Derechos reservados)


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