"La Venganza": por Magdalena Cueto
- revistadigitalmyst
- 17 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 11 mar
El amor es una de las zonas más difíciles de comprender. No por su misterio, sino por su fragilidad. Para quienes somos artistas, quienes miramos con exceso, el amor se vuelve una habitación sin paredes: todo entra, nada se queda.
¿Cómo saber cuándo alguien me ama y cuándo solo se deslumbra? ¿Cuándo el otro ve a mi persona o cuándo solo contempla un reflejo útil: mi belleza, juventud, inteligencia como adorno?
Fui deseada muchas veces. Fui admirada. Alabaron mi nombre: "María Magdalena". Todo eso lo sé. Pero el deseo no tiene memoria y la admiración suele ser una forma educada de la distancia. Con el tiempo, y de mucho tropezar con rocas hasta romperme las rodillas, comprendí que el deslumbramiento es una emoción breve, incapaz de sostener a nadie.
Los hombres artistas (pintores y poetas) que he conocido aman con rapidez sicótica, ridícula. Se enamoran como quien se distrae: una mujer tras otra, tras otra, tras otra, tras otra, otra, otra... Cada una definitiva mientras dura. Juran eternidades que no resisten el paso de un mes. Quizás, en ese instante, sí sienten algo verdadero. Pero lo verdadero, cuando no tiene raíz, se vuelve intercambiable.
Odio a aquel que no me recuerda, al que me engañó sin levantar la voz, al que acumula y profana cuerpos como pruebas de su propia existencia. No me avergüenza ese odio, no me avergüenza pensar en la venganza. Para mi, la venganza, es no volver a creer. Es nunca volver a respetar a quien te hiere.
Yo solo amé una vez, no al pequeño hombre que vino después. Pero sí sé que siempre quise un amor real con una intensidad casi indecente. Nunca mentí sobre lo que pensaba ni sobre lo que esperaba. La mentira fue ajena, y hay mentiras que no son solo morales, sino ontológicas, niegan que el otro exista más allá del deseo.
¿Y qué se puede esperar de los adictos? De quienes confunden amar a una mujer con consumir, la intimidad con novedad, vínculo con huida. Nada que permanezca, nada que recuerde, nada que sostenga. Desear venganza, en silencio, es mi salvación.
Venganza. Venganza. Venganza: Mi dulce éxtasis, mi tóxico placer, mi salvación enferma.
Prosa de la escritora Magdalena Cueto. (Derechos reservados)





