Crónica: "La Espera"
Por Auca.

«¡Cómo brillan al sol los hijos no nacidos (...)! No habrá que enseñarles ni a nacer ni a morir. ¿Por qué habría de enseñarse tales cosas?» Estos versos pertenecen al poema "Antes del día" y fueron escritos por Blanca Varela, poeta peruana y una de las voces más importantes de la poesía en Hispanoamérica.
Fue a fines de mayo de 2026 cuando compré su obra completa en la Librería Universidad de Chile, ubicada en Alameda con Arturo Prat, Santiago Centro. La decisión de entrar a la librería fue espontánea. Acababa de despedirme de Lía afuera de la estación de metro y me quedé observando la entrada durante unos segundos. Pensé que, por todo lo que estaba viviendo en ese entonces, debía leer poesía.
Lo que me estaba ocurriendo era un secreto. Unas horas antes, Lía y yo habíamos ido al centro médico de la calle San Martín para hacerme un test de embarazo.
Había muchas posibilidades de que el resultado fuera positivo. Aun así, era necesario hacerlo porque, además de confirmar mi estado, indicaría un dato importante: un aproximado de las semanas de gestación. Y necesitaba ese dato porque sabía que debía tener ocho semanas para poder abortar. Lo sabía porque ese sería mi segundo aborto.
Regresé a mi casa, en la comuna de Quinta Normal, con el libro Canto Villano en las manos. Acaricié a mi gata como siempre e intenté distraerme en la lectura, pero mis pensamientos eran decisivos, directos, dolientes. Sabía que tendría que dialogar todo el día conmigo misma mientras esperaba el procedimiento de aborto clandestino.
Al día siguiente, me levanté en la mañana, me serví un mate, con un ánimo que iba variando. No tenía ganas de comer y, mientras me incentivaba a prepararme algo, concluí que la única forma de defenderme de mí misma era aceptar el estado vulnerable en el que me encontraba. Así podría sujetar con fuerza las riendas de los recuerdos que podrían despertar. Era la única manera que conocía de impedir caer en una desesperación de la que se debe tener cojones para vivirla.
Eran las diez de la mañana. Ingresé a la página web y pude ver que el examen confirmó que tenía tres semanas de gestación. Eso significaba que debía esperar un mes y una semana para poder interrumpir el embarazo.
Desde ese momento comenzó la espera. El inicio de una pausa que me reveló, una vez más, la manera en que la historia insistía en repetirse. Y no me refiero únicamente al primer embarazo, ocurrido en 2024, cuando tenía veintiséis años recién cumplidos, y aquel episodio desencadenó un antes y un después en mi percepción de la realidad y de mi cuerpo. Me refiero a los recuerdos, a la historia personal de cada uno, a la memoria que, en su justo proceder, decide lo que se queda y lo que se abandona, desenterrando la razón de lo que fui.
Menciono la compra del libro por una razón muy específica. En esta situación de abortar emergen un sinfín de emociones, cuestionamientos, angustias y más. De todo ese sofocamiento hay que, claramente, mantener la calma, confiar en el proceso —suena cliché, pero es muy cierto— y buscar una red de apoyo. Los versos de esa mujer, que aparece en la portada del libro fumando un cigarro y con mirada desafiante, sabía que me harían sentir mejor. Serían mi red de apoyo cuando estuviera sola.

La poeta: la mujer que confiesa, que rompe el canon de las buenas costumbres y toda esa chantería que nos ha torturado a lo largo de la historia. La mujer que escribe sobre soledad, abandono, sangre, nostalgia y humanidad, bajo el alero de su carácter. Tomé como propósito que durante este proceso de aborto debía aprender a crear carácter.
I
Mientras el otoño terminaba de desvestir los árboles de Santiago, la espera se instaló en mi casa. La espera siempre busca la conservación de la esperanza y puede haber distintos tipos de ella según las circunstancias: una dulce espera, una espera secreta, una espera angustiante, una espera ilusoria, una espera de muerte. Pero lo cierto es que todas llegan como un estado al que debemos entrar por obligación, un territorio inmóvil que nos exige permanecer atentos a lo que sentimos.
—Hay que esperar no más, tienes que estar tranquila. Mientras no te den síntomas pesados, que pase piola —me dijo mi amiga Constanza (nombre ficticio) cuando le conté sobre mi estado. Su respuesta tenía un tono de tristeza y compasión. A Constanza la conozco hace doce años. Tiene el pelo negro y tez blanca; es una mujer con la que tengo muchas historias y algunas no son fáciles de contar.
Ella fue la primera en saberlo. ¿Las razones? Es la única persona que conozco que ha vivido dos veces lo mismo que yo estaba viviendo. Eso la convierte en la única persona con la que me interesó mantener una conversación. Además, siento que, en momentos tan vulnerables, encontrar a alguien que tiene la legitimidad de aconsejarte o de llamar tu atención se siente como un sentir maternal. Esta vez ella ocupó ese lugar conmigo; yo lo había ocupado con ella cuando le sucedió.
Lo suyo fue mucho más delicado. La primera vez que quedó embarazada abortó clandestinamente a los cuatro meses y dos semanas, gracias a una inyección que se le aplicó en su vientre. Estuvo cuatro días hospitalizada en Peñalolén.
Días antes de interrumpir el embarazo, tuvo un altercado con una vecina en La Cousiño, población de la misma comuna, pelea que terminó amenazándo a Constanza de muerte, arrastrándola por la calle con una pistola en la cabeza.
Cuando me enteré de lo que le había pasado, por un audio que me envió por WhatsApp, la fui a ver yo ya estando embarazada por primera vez. Lo que más recuerdo fueron sus rodillas. Así que decidí integrar el consejo de mi amiga: esperar y hacer que no pasaba nada realmente, que no tenía sentido lamentarse, que la realidad, aunque cerrara los ojos, no iba a irse.
Los días transcurrieron y vi cómo mi cuerpo cambiaba: mis caderas y mi abdomen eran más grandes; mis senos, gigantes, tristes y dolientes. Cada 48 horas sentía un dolor de útero parecido a los cólicos menstruales, pero en realidad era el útero llenándose de sangre.
Mientras veía el día pasar, pensaba que, cuando lograra abortar, vomitaría, me haría caca y apenas podría hablar del dolor. Recuerdo que así fue la primera vez. También pensaba —y esperaba— no tener complicaciones, porque en los hospitales te hacen preguntas y hay que saber mentir.
Sabía que con ocho semanas ya tendría corazón; que, cuando lo expulsara, su estructura física ya estaría formada: sus manos, sus pies, sus ojos. Y la verdad es que no sentía nada. No me conmovía.
Mentira. Había días en que la espera se volvía enternecedora. El dolor pasaba y se quedaba en mi puerta. Lloraba como si presenciara un sacrificio. Recuerdo que, cuando deseaba que todo terminara, que se fuera de mí el feto que crecía, sentía culpa y me acostaba en mi dormitorio para hablarle y decirle que no era el momento, como si fuera una penitencia por querer que todo terminara, por querer volver a ser yo.
El tiempo seguía corriendo y lograba reírme en ocasiones con amigas que me visitaban, como Magdalena, que es periodista y poeta; Victoria, que es linograbadora; y Lía, a quien iba a visitar. Conversábamos de proyectos que podíamos hacer, de lugares que podíamos visitar, de una espiritualidad que queríamos alcanzar, todo con el fin de sentirnos libres.
Cuando tomaba el transporte público, solía ver mujeres jóvenes con sus bebés. La mayoría de las veces las tenía frente a mí; me quedaba contemplativa, con la garganta apretada y curiosa ante la expresión de sus rostros: muchas de cansancio, otras con una dulzura en la que la miel queda pequeña.
Ellas pudieron, se atrevieron, afrontaron, pensaba. Escribo estas palabras y me sorprende la manera en que me auto afligía, como si yo fuera una cobarde, como si fuera alguien que buscaba la vía fácil. Intentaba no mirar tanto. Luego volvía a mirar porque me gustan los niños y me gusta cuando ríen.
A veces, en el pasar de los días, me quedaba a ratos en Instagram y veía a artistas con proyectos interesantes, famosas y no famosas, que anunciaban que iban a ser madres. Al leer su noticia, me dirigía como caballo de carreras a investigar a qué edad habían sido madres.
—Ah, 37 años. Ah, 38 años—. Después me miraba con orgullo en el espejo. —Soy valiente, no es el momento—.
Lo reafirmaba porque, en conversaciones con distintas mujeres y con amigas que son madres, hemos reflexionado que muchas son mamás porque les dio miedo abortar, porque no tenían las herramientas o la información para hacerlo de forma segura. Luego están las que querían y podían. Y lo son.
Y van a las plazas e inventan juegos, ven las tareas de sus hijos, transforman su vida en el amor. Y los demás piensan que “se cagó la vida”, que “fue pava”, que “era muy joven”, pero cuando otras personas dicen eso a sus espaldas, hay un ser humano que no es nada sin su madre. Hay un ser humano que para ella es todo, es Dios. Por otro lado, no intento ver la maternidad como una decisión llena de luz y calidez. Al contrario, comúnmente es aterradora, llena de soledad, dolor y mucho más. Pero no quiero hablar de eso.
En ese sentido, para mí, traer a alguien al mundo con angustia y una duda existencial era un verdadero delito. No soportaba la idea de que le pudiera hacer daño a alguien, de crearle un trauma. De sentir que ese hijo era un estorbo, de sentir arrepentimiento. De sentir que había creado mi máxima debilidad. Que algún día pensara que ya no lo quería. Que ese niño o niña, en algún momento, no me querría.

Pensaba que podría tener depresión en el embarazo, pensar que tendría depresión posparto, que me dieran ganas de irme lejos, corriendo como Forrest Gump y, por supuesto, llorando. Sintiéndome miserable, culpable.
Pensaba que, durante alguna discusión, buscaría hacerle sentir culpable, porque tuve que dejar muchos planes para que él o ella estuviera bien. Sacar en cara que le di lo que no me dieron. Me imagino haciéndolo y me desagrada.
Pensaba en Blanca Varela y en Joan Didion. A ambas se les murió un hijo.
Lorenzo de Szyszlo Varela, el segundo hijo de Blanca Varela, falleció el 29 de febrero de 1996 en un accidente aéreo en la ruta de Lima-Arequipa, a sus 36 años. Primero se comunicó la desaparición del avión y después se notificó la muerte de 117 pasajeros. Posteriormente, ese hecho estuvo representado en su poesía, específicamente en su publicación Concierto Animal (1999):
“Si me escucharas
tú muerto y yo muerta de ti
si me escucharas”
Quintana era el nombre de la hija adoptiva de Joan Didion, escritora y periodista estadounidense, quien publicó novelas y lúdicas crónicas sobre la sociedad norteamericana, el sistema, los medios de comunicación, entre otros temas. Su hija falleció a los 39 años por complicaciones de salud.
Recordé a Joan Didion porque el primer libro que leí de ella fue El año del pensamiento mágico, cuando salí de la universidad, en 2021, el mismo año en que Joan murió. Se trata de una crónica sobre la muerte de su esposo, John Dunne, escritor y periodista, quien falleció de un infarto al corazón mientras ella preparaba la cena. No logré leerlo hasta el año siguiente de tenerlo en mis manos.
Sabía que existía otro libro, Noches Azules, una crónica sobre la muerte de su hija adoptiva. Su última publicación en vida. El libro aborda la pérdida, la memoria, cuestionamientos sobre su maternidad, la muerte y lo que conlleva la adopción:
“¿Y si no conseguimos cuidar a este bebé?
¿Y si este bebé no se desarrolla bien, y si no me quiere nunca?
Y lo que es peor todavía, mucho peor, tan peor que resulta impensable, aunque yo sí lo
pensé, lo piensa todo el mundo que ha estado esperando para llevarse un bebé a casa: ¿Y
si yo nunca consigo querer a ese bebé?”
Viernes 03 de julio. Invierno. Cielo blanco.
Nueve de la mañana. Domperidona e Ibuprofeno. Con el fin de no vomitar y que duela un poco menos.
Desayuno.
Diez de la mañana. Cuatro pastillas de Misoprostol bajo la lengua. Antes de tomar las pastillas, tomé todos los vasos de agua con limón que podía porque la noche anterior me dio fiebre y estaba muy deshidratada.
“Si no estás hidratada, no vas absorber las pastillas y no te funcionarán”, me dijeron.
Ese día estuvo Constanza, se sentía como un déjà vu. Estábamos tranquilas, porque habíamos decidido con gran convicción tomar esa postura. Por el contrario, caer en la angustia, sentir miedo, es mucho peor, tu cuerpo entra en un estado de alerta, se vuelve una
piedra que retiene, cuando lo único que tienes que hacer es expulsar a los desterrados.
Pongo música. Human Nature de Michael Jackson. Constanza me dice que le encanta esta canción, que cuando era niña su mamá la escuchaba. Procede a cantar el coro de la canción imitando un sonido de gato. Yo la miro contemplativa porque entiendo que ese gesto es para que me ría, mientras comienzo a sentir contracciones en el útero.
Voy a la estufa. Hay escalofríos. Me acuesto. Igual como la primera vez, silencio por el dolor.
—¿Te caliento el guatero? —me dice Constanza.
—Sí —respondo, asintiendo la cabeza.
Así fue por dos horas y cincuenta minutos. Silencio. Intentar mantener la calma.
“Nunca más paso por esta hueá”, me decía a mí misma.
A cinco minutos de cumplir las tres horas, cuando el dolor está en un máximo nivel, significa que vas a expulsar. Siento un tirón en la cola. El dolor baja. Hablo. Le digo a Constanza si me puede traer una mandarina. Empujo. Rompo bolsa. Voy al baño.
Nos abrazamos. La espera clandestina terminó.
Te veía tan pa’ la caga que andaba super nerviosa. Me dio sueño, ¿durmamos un poco?, me dice Constanza.
Pasan un par de horas.
Victoria llega. "Traje unas mini tortitas de chocolate", nos dice.
Luego le escribo a mi mamá avisándole que todo había salido bien. Ella me respondió: “Hija, acuéstese. Dale las gracias a Constanza de mi parte por acompañarte.”
II
Durante todo este tiempo, me he concentrado en pensar y repensar mi relación con la memoria, específicamente con los recuerdos. Llego a ellos mientras miro la calle desde el balcón de mi casa, mayoritariamente fumando.
A veces cierro los ojos y aparecen recreaciones cinematográficas de mi mente y las visualizo en medio del horizonte. Todo esto como un acto voluntario de ir hacia atrás. Una intención que conlleva comprender qué, por qué, quién, cuándo y cómo.
—¿No es obvio que un embarazo no deseado es una situación vulnerable? —pensaba días después de abortar.
Porque la realidad es que todo es pasado. Dicen que el pasado no existe, pero vive en el cuerpo. Y ya desde mi primer embarazo supe por qué se toman decisiones. Pero había que volver a recordar una vez más.
El caso es que me cuesta hablar directamente de esto porque me ha tomado tiempo y mucha energía entender las causas y consecuencias de hechos que han sido borrados de mi mente. Sin embargo, lo hablo solo para demostrar la importancia del relato de nuestra vida y mirarlo con altura de miras.
Mi historia es mi madre. No me expandiré. Seré breve y resumida. Mi madre nunca quiso ser madre.
—Cuando veía a mi papá, cómo él trataba a mi mamá, yo pensaba: ¿esto es el matrimonio? —me dijo hace unas semanas.
Respecto a mi madre y a mi infancia puedo decir que mi mamá repitió la historia de mi abuela. Es decir, que ella era ahora la esposa que soportó maltratos y represiones y yo era la hija que veía, horrorizada y sometida a dinámicas que generan resultados destructivos.
Tampoco recrimino a mi padre. Es hijo de su época. Lo quiero. Los padres solo son seres humanos y la humanidad está llena de enfermedad. Los hijos se enferman. Los niños crecen y, al ser adultos, algunos entienden lo que les pasó, por qué les pasó, y quizás esa sensación de reconciliación silenciosa la sienten igual que la siento yo.
07 de julio, a unos días ya de haber terminado el proceso de aborto, me reuní con mi madre a la salida del metro Universidad de Chile con el fin de acompañarla a obtener unos documentos para tramitar oficialmente su divorcio.
Tras salir de la Notaría Scharmm, fuimos a un Castaño de la calle Estado. Pedimos una
promoción de empanada con bebida y nos sentamos en la barra a comerla. Ambas pedimos la empanada de pollo con espinaca.
Había un chico sentado a mi lado. Imagino que era universitario, concentrado en ver el partido de Argentina con Egipto.

Mientras comíamos, hablamos de mi padre, de cómo él podría tomarse esta noticia y de las consecuencias que podría haber para nosotras. Es tan surreal escucharla hablar sobre situaciones que vivíamos, las cuales se debieron hablar hace tanto tiempo. Pero más surreal es que, desde que ella se fue de la casa con mi hermana, hace dos años, siento que la estoy conociendo de nuevo.
Luego nos despedimos porque ella debía ir a trabajar.
Antes de tomar el metro, mi madre me abrazó. No sé qué me dijo antes. Solo quedó grabada en mi memoria la siguiente disculpa: “Perdón por nunca haberte defendido de tu papá”. No recuerdo qué le respondí. No saben todo lo que significan esas disculpas para mí. Lo escribo y me emociono.
El partido de Argentina y Egipto fue el 7 de julio de 2026. Ese mismo día escuché algo que tanto esperé en mi corazón.
III
Viernes 31 de julio. Te espero en Universidad de Chile, me dijo Catalina, amiga y profesora de historia en el Liceo 1. Caminé desde Plaza Italia hasta la estación. La Alameda estaba cortada, así que la marcha había comenzado.

Ese día anunciaron lluvia, pero el clima no detuvo a ninguna de las cinco mil mujeres que asistieron al pañuelazo “Derecho a decidir”, convocado por la Coordinadora Feminista 8 de Marzo y distintas organizaciones sociales y estudiantiles en rechazo al proyecto de ley “Escucha su corazón”. La primera respuesta al proyecto de ley impulsado por los partidos Republicanos y Libertarios, el cual consiste en obligar a la mujer a escuchar los latidos del embrión o feto antes de acceder a un aborto dentro de las tres causales contempladas por la ley: violación, riesgo vital de la madre o inviabilidad fetal.
Antes de este inhumano proyecto de ley, se presentó el último informe de Estadísticas Vitales del INE, que indica una crisis demográfica histórica, pues la tasa global de fecundidad es de 0,99 hijos por mujer. El proyecto “Escucha su corazón” sería una de las medidas del oficialismo para la crisis de natalidad en Chile.
Me encontré con Catalina afuera del Paseo Ahumada, nos abrazamos y seguimos la marcha hasta La Moneda. A veces quedábamos en silencio viendo a las demás: cantando, bailando, tocando en las batucadas, en una noche fría que no inmutaba el grito de miles.
—¿Habrá una estudiante mía por aquí?
—Puede ser —le respondí.
—Hace no tanto hablé bien seria con ellas, que hasta cuándo nos íbamos a hacer las locas
con todo lo que estaba pasando en el país, en Afganistán, que porque es lejos de aquí, ¿no
podemos apoyar la causa?
—Qué bueno que le digas eso. ¿Y qué responden? —le pregunté.
—Que sí, profe, que es cierto.
Llegamos casi frente a La Moneda, pero había unas vallas, así que tuvimos que cruzar por la otra pista de Alameda. Gritamos: paco perkin, paco culiao, Kast conchetumare —bueno, yo especialmente; tenía muchas ganas de gritar eso— y distintos gritos creados por las chicas sobre nuestro derecho a decidir.
Luego, los carabineros nos apuntaron con el guanaco y, además de tenernos en una encerrona, querían provocarnos. No lo lograron. Por tanto, tiraron agua y nos corrieron hasta el punto de inicio, Plaza Italia.
—Se nos achicaron las grandes alamedas —me dijo Catalina.
Mientras nos hacían devolvernos y la escena parecía de derrota, yo me sentía conforme. Estaba conmovida, principalmente, porque el sentimiento de pertenencia es inspirador. Además, tal como lo hice yo, muchas han sido capaces de preservar su memoria y encontrar, en el recuerdo de su historia, el compromiso de defender sus decisiones.
Toda la escena era bella para mí. Era excitante y soñador escuchar tremenda grosería e insulto que decía alguna chica a los pacos que nos escoltaban. Pensaba que éramos todas un mapa. Una ruta que busca recorrerse a sí misma.
Volvemos al punto de partida. Plaza Italia. Guanaco. El Metro iba a cerrar. Le pido al guardia que abra la puerta para que entre Catalina, quien vive en Puente Alto.
Me quedé un rato por Bustamante, quizás esperando a que pasara algo. ¿Qué más iba a pasar? Todo salió bien. Camino por la Alameda. Le escribo a un amigo que vive en Santa Lucía. Le digo que nos tomemos unas cervezas. Me responde que llega en 20 minutos. Sigo caminando. Rememoro lo que había visto, los cantos de las chiquillas. Un histórico destino forjado. Y recuerdo un pensamiento que tuve cuando estaba embarazada: que es inevitable decir que las mujeres somos un propio pueblo.
Un propio pueblo que se organiza en silencio y logra que mujeres de distintas edades aborten todos los meses clandestinamente, de forma segura y accesible. Un propio pueblo que busca la manera de no tener un destino forjado. Un propio pueblo que conoce la ilegalidad para defender su cuerpo. Un propio pueblo que logró acceder a la educación. Un propio pueblo que recuerda. Un propio pueblo que no espera un permiso y sueña.




