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Pablo Soto, autor del poemario La Musicalidad de las Cosas: "Escuchar cómo el mundo suena incluso cuando aparentemente guarda silencio"


Por Magdalena Cueto


Pablo Soto, poeta, editor, músico y periodista chileno, publicó el pasado mes de mayo "La musicalidad de las cosas", un poemario bilingüe (español e inglés) que explora la memoria, la nostalgia y el poder evocador de la música. A través de poemas y canciones poblados por radios, guitarras, lluvias, discos y voces que sobreviven al tiempo, el autor propone una mirada sensible sobre aquello que suele pasar desapercibido: los sonidos ocultos de la vida cotidiana.


En esta entrevista, el escritor reflexiona sobre la relación entre música y poesía, el desafío de traducir la musicalidad del lenguaje y las influencias que marcaron su imaginario creativo, desde The Beatles hasta Jimi Hendrix.


¿Cómo nació la idea de escribir La musicalidad de las cosas? ¿Y qué significa ese título

para ti?


La idea de escribir La musicalidad de las cosas nació desde una obsesión muy cotidiana: escuchar cómo el mundo suena incluso cuando aparentemente guarda silencio. Muchas veces fueron recuerdos, escenas de barrio, canciones, conversaciones o momentos muy íntimos los que comenzaron a transformarse en poemas. También influyó mucho mi relación con la música, no solo como acompañamiento emocional, sino como una forma de entender la memoria, el dolor, la nostalgia y hasta la identidad. En el libro aparecen pianos, radios, guitarras, lluvias sobre calaminas, voces quebradas y canciones que sobreviven al tiempo, porque para mí todo tiene una vibración propia.


El título La musicalidad de las cosas representa justamente esa idea: que incluso los objetos, los recuerdos y las experiencias más simples poseen un ritmo, un sonido o una resonancia emocional. El prólogo habla de cómo los poemas funcionan casi como un “soundtrack” de distintos momentos y personajes, y creo que eso define muy bien el espíritu del libro, escuchar el mundo con atención, incluso en sus fragmentos, en sus ruinas o en sus silencios.


¿Cómo dialogan la música y la poesía dentro de tu escritura?


La música y la poesía dialogan de una manera muy natural dentro de mi escritura, porque nunca he entendido el poema solo como un texto, sino también como una experiencia sonora. Muchas veces escribo pensando en el ritmo de las palabras, en las pausas, en la respiración y en cómo ciertos versos pueden funcionar casi como una melodía o una canción. 


Creo que la música tiene la capacidad de amplificar emociones que a veces las palabras por sí solas no alcanzan a transmitir. En mis poemas intento que ambas disciplinas se mezclen: que la poesía tenga cadencia musical y que la música pueda transformarse en imagen poética. Hay textos donde el sonido aparece desde lo cotidiano  y otros donde directamente dialogo con artistas y universos musicales.


Además, mi formación como periodista y mi trabajo ligado a las comunicaciones también influyen en esa búsqueda de ritmo y de construcción sonora del lenguaje. Parte importante de mi obra ha explorado la memoria, la nostalgia y los fragmentos de la experiencia humana, y la música aparece como un puente emocional capaz de unir todas esas dimensiones.

Cada poema del libro incluye su traducción al inglés. ¿Qué te motivó a incorporar ambos

idiomas y cómo fue el proceso de traducir textos tan ligados al ritmo y a la musicalidad?


Incorporar ambos idiomas nació del deseo de ampliar el alcance del libro y permitir que los poemas pudieran dialogar con lectores de distintos contextos culturales. La música siempre ha sido un lenguaje universal para mí, y sentía que La musicalidad de las cosas también debía tener esa posibilidad de cruzar fronteras. Además, gran parte de las referencias del libro provienen de universos musicales anglosajones —como el rock, el punk o figuras como Jimi Hendrix, Lou Reed o The Beatles—, por lo que el inglés aparecía casi de forma natural dentro del imaginario del poemario.


El proceso de traducción fue muy desafiante porque no se trataba solamente de traducir palabras, sino también ritmos, atmósferas y emociones. Muchos poemas están construidos desde la musicalidad del lenguaje, desde cómo suenan ciertas frases en español, las pausas o incluso las repeticiones. Por eso la traducción debía conservar no solo el sentido, sino también la respiración interna del poema. En ese trabajo fue fundamental la colaboración de Edward González, quien además escribió el prólogo del libro y entendió muy bien esa dimensión sonora de los textos.


Hay varias referencias a The Beatles y a Jimi Hendrix a lo largo del poemario. ¿Qué lugar

ocupan en tu imaginario personal y poético?


The Beatles y Jimi Hendrix ocupan un lugar muy importante en mi imaginario porque representan distintas formas de entender la música como experiencia artística, emocional e incluso espiritual. En el caso de The Beatles, siempre me ha marcado su capacidad de transformar canciones populares en universos creativos muy complejos, llenos de imágenes, atmósferas y experimentación. Eso aparece directamente en poemas como “Case­te Blanco” o “Fab One”, donde la nostalgia, los discos, los casetes y la admiración por George Harrison se mezclan con recuerdos personales y reflexiones sobre identidad.


Jimi Hendrix, en cambio, representa una energía mucho más visceral y alucinada. En el poema “Roadie” aparece casi como un fantasma que regresa desde la muerte para volver a tocar, y eso para mí simboliza cómo la música puede sobrevivir incluso al paso del tiempo, al deterioro o a la desaparición física. Hendrix encarna esa idea de la intensidad artística llevada al límite: el ruido, la distorsión, el fuego y también cierta tragedia que atraviesa gran parte del libro.


Ambos artistas forman parte de mi educación sentimental y musical. Más allá de influencias concretas, siento que habitan mi escritura porque sus canciones acompañaron momentos importantes de mi vida y moldearon mi forma de percibir el arte.


El poemario está dividido entre “Poemas” y “Canciones” ¿Qué diferencia hay para ti

entre ambas formas de escritura? ¿Cuándo sientes que un texto pertenece al territorio del

poema y cuándo al de la canción?


Para mí, la diferencia entre poema y canción tiene que ver principalmente con la intención del lenguaje y con la manera en que el texto respira. El poema suele permitirme una mayor libertad en las imágenes, en la fragmentación y en el ritmo interno de las palabras. Puede ser más ambiguo, más contemplativo o incluso más caótico. En cambio, la canción generalmente necesita una estructura distinta: una repetición, una cadencia más marcada y una conexión más directa con la emoción y la oralidad. La canción piensa constantemente en la voz que la va a cantar.


En La musicalidad de las cosas quise dividir ambas secciones porque, aunque dialogan entre sí, cada una habita un territorio diferente. Los poemas funcionan muchas veces como paisajes sonoros o escenas fragmentarias donde el lenguaje explora imágenes, recuerdos y atmósferas. Las canciones, en cambio, aparecen desde un lugar más íntimo y confesional, buscando una conexión más inmediata con quien escucha o lee.


¿Dónde la gente puede encontrar La musicalidad de las cosas?


Se encuentra disponible a través de la cuenta en Instagram de la editorial Coirón Editores @librocoiron y próximamente en el sitio web de la editorial.


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