Reseña: La Cancerbera es una detención venenosa
Por Elvira Hernández

La Cancerbera es un libro de un tiempo que transcurre en Chile, un tiempo que es pasado reciente, con una historia en mayúsculas y muchas pequeñas historias que la nutren, esas que no se quieren ver, que se intentan desdibujar, minimizar y negar, y que con tales maniobras se nos enreda, inmoviliza y aherroja. Es una detención venenosa, de la que por estos días no se ha sabido salir; más aún, cuando tendríamos que ser mendicantes de puertas de salida, a cuya búsqueda siempre será posible ofrecer la doble llave de la lectura y la reflexión. Estas páginas poéticas llegarán así para los lectores en consonancia con otros libros, que, desde distintos ángulos, han estado hablando de lo que nos ocurrió hace cincuenta años: un golpe militar. Una expresión que solo puede traernos pesadumbre y lamento pues los países que han sufrido este flagelo no tienen más recuento que atrocidades.
La Cancerbera es un libro de poemas que ha atravesado ese tiempo oscuro dictatorial para llegar hasta el nuestro, confuso y enmudecido, e intentar hablar. Su autor, Igor Venegas de Luca, ha transportado su carga emotiva como todo poeta, en su fibra más íntima, enrollada y encerrizada como la pesadilla que es –imágenes del espanto– a la que tiene acceso y de la que se hace heredero en ese camino de liberación que es la escritura; hijo del dolor en el acto poético de tantear palabras, sonido y discernimiento de lo que ha sido innombrable. Sabemos que la razón suele engendrar monstruos y otorgarle preseas y validez a lo que solo es expresión de inhumanidad y dolo. La poesía llega hasta ese abismo de sinrazón y no se podría decir que intacta; llega herida y, no obstante, a poner la brizna sanadora de una verdad poética.
La Cancerbera, esos poemas del libro, bracean a través de ruinas de la memoria, estelas ancestrales atacameñas, piezas dramáticas, quimeras, construcciones mitológicas, leyendas, creencias religiosas, números de complejas proyecciones, rótulos jurídicos, visiones inevitables de tanta poesía que ronda y acompaña y que, sin embargo, por un momento, son contención; y luego, derrumbe. Estrépito de estructuras literarias en caída libre frente a una necesidad desesperada de aire; una palabra testimonial que rompe, asoma y se articula: un grito de Munch desnudo ante la horrible figura del mundo, la real anatomía de la monstruosidad. En lo profundo, la familia y las lágrimas. Y en ese punto, hay que decirlo, la Cancerbera, “animala” de triple cabeza vigía y orientadora, guía en este desplazamiento heteróclito, guardiana, ha sido la que ha venido tirando del hilo de las palabras para señalar la hondonada de la crueldad y la tortura en Chile.
La Cancerbera el libro, con todas sus voces y su particular forma poética, es un mandato que el poeta ha recibido y que no puede dejar de entregar: esto le ha sucedido a mi país, me ha sucedido a mí y a mi pueblo.




